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Wednesday, March 19, 2014

¿Y si me dieran una segunda oportunidad?

Entonces la canción me trae tantos recuerdos y me despierta tantos sentimientos que no puedo procesarlos por separado y me abruma la sensación de no saber que hacer y me invade el deseo de llorar.

Parece tonto pero es verdad. y me pregunto ‘¿y si se me diera una segunda oportunidad para volver a vivir mi vida?, ¿será que cometería los mismos errores? ¿será que los corregiría a tiempo?, ¿será que ni siquiera los cometería? No lo sé. Me detengo a pensar, mientras el reproductor comienza la nueva canción en el playlist, la voz del mismo hombre cantando con esa melancolía incierta en su voz.

Y entonces me doy cuenta de que no tengo la menor idea de quien podría darme una segunda oportunidad para vivir lo que he vivido desde que mi conciencia comenzó a trabajar en complicidad con mi memoria. Dios ya me dio la segunda e incluso la tercera. Antes de acabar mi primer años de vida morí por vez primera, aunque sólo morí por un instante, instante que duró hasta que el médico me revivió delante de los ojos llorosos de mi madre que no veían bien por tanta lágrima nublándole  la visión.

Volví al mundo y tuve mi segunda oportunidad y entonces…, unos meses después, mi alma se encaminaba hacia el mundo desde donde vino y todo volvió a pasar: mi mirada se había extraviado y mi respiración era cada vez más débil, mis ojos perdían el brillo de la vida y mi pulso se hacía imperceptible;  mi madre lloraba y las enfermeras del centro médico la veían con indiferencia mientras le pedían que fuera al hospital más próximo porque algún burócrata había decido que todo servicio se subcontratara en ese lugar.

Los minutos eran horas para ella y para mí no sé que habrán sido, nada puedo recordar de todo lo que pasó en el primer año y medio de mi vida. Cuando al fin logró llegar, el médico decidió revisarme y lo primero que se le ocurrió decir fue: “parece que está muerto”. Mi piel estaba azul y mis manos estaban frías. Me separaron de ella y comenzaron el proceso de resucitación. No sé cuánto fue, ni cómo fue, pero cuando la dejaron entrar y estar a mi lado, ellos  me habían colocado sobre una bolsa de agua caliente para que mis órganos no se dañaran por mi baja temperatura interna y habían puesto una sonda de oxígeno en mi nariz para que mi cerebro recibiera lo suficiente para no atrofiarse. Había muerto mi segunda vez, y Dios me estaba dando una tercera oportunidad para vivir.

No he vuelto a ir a un hospital en condición que amerite una resucitación más. Esta es la tercera vez en la Tierra y aún me pregunto: ¿estaré haciendo bien las cosas? ¿por qué mis equivocaciones son tan difíciles de perdonar por aquellos que las padecen?, ¿por qué no pueden ver que cuando son ellos los que me fallan y no se disculpan yo los perdono en el momento? Sí, claro que muestro mi enojo pero nunca he podido durar enojado más que un par de horas con la gente que de verdad me importa. La gente que no me importa ni representa nada para mí recibe tan sólo mi indiferencia, por que habría de darle a esta gente alguno de mis sentimientos cuando nuestros sentimientos “existen por” y “son para” los que forman parte de nuestra vida, ya de buena manera o de manera oscura y terrible. Ni siquiera puedo odiar a los que me odian. Lo intenté antes y no me resultó. Lo más que conseguí fue sentir incomodidad por la presencia de ellos pero nunca un tener sentimiento en el que les dedicara toda la maldad de la que es capaz el corazón de hombre que tengo en el pecho.

Me olvido bastante pronto del sentimiento amargo que los demás me hacen sufrir, no me olvido de la acción que causo ese sentimiento pero no porque haya decidido revivirlo una y otra vez, sino porque se me hace muy difícil y complicado sacar de mi memoria todo lo que voy viviendo. Quisiera que mi memoria fuera capaz de recordar mis contraseñas con la misma vehemencia que recuerda mis vivencias y los datos, nombres, fechas y detalles de lo que he leído por placer. Sigo recordando los hechos que me han causado dolor, pero al hacerlo es como estar viendo una película muda en blanco y negro, pues aunque los detalles están ahí, no me producen nada. hasta tengo, podría decir, la sensación de que todo me es ajeno a pesar de haber sido yo quien lo vivió. El único sentimiento que no puedo olvidar sino al cabo de muchos años es el de la culpa y el remordimiento de haber hecho sufrir a alguien que me quería como un amigo, me respetaba como un aliado y me tenía como parte de su vida.

day_and_night_escher

Mi tercera vez en el mundo, y no ha sido fácil, tal vez por eso mi tierna alma infantil desea volver a la seguridad del primer hogar. Segundas oportunidades no he tenido nunca en lo que respecta a mis congéneres humanos. De los amigos que he  tenido, a uno se lo llevó la vida muy lejos de mí, fue mi primer mejor amigo de verdad y luego de mudarme de localidad, no volví a verlo nunca más. Esos días infantiles los recuerdo con especial cariño porque el cambió en mí la relación que yo mantenía respecto de todo lo que había afuera de mí mismo. El cobarde e introvertido yo se convirtió en un niño normal. No me volví el más osado, ni el más intrépido, ni el más destacado, pero por lo menos la gente dejó de verme como un tímido semiautista desconectado del mundo real.

Cuando llegaba el recreo yo quería que nunca terminara para seguir hablando y jugando con él, porque entonces la maestra no nos arrojaba la almohadilla cargada con el polvo de la pizarra recién limpiada, aunque ahora que lo pienso, era sólo a mí que me la arrojaba siempre, aunque no hubiera sido yo el que iniciara el cuchicheo que manteníamos en la clase. J. D. se fue de mi vida antes de acabar la primera década de mi vida y nadie me dio una segunda oportunidad para que yo volviera a ser un niño normal. La nueva escuela me hizo volverme hacia mi interior con más fuerza que antes.

Luego de eso han pasado dos décadas más y tuve amigos, pocos pero tuve y todos ellos se fueron de mí, desvaneciéndose como si fuesen estatuas de talco que el viento fuerte disuelve de a poco hasta que no queda sino la base donde estuvieron colocadas. De todos ellos, solo de dos soy responsable de su partida y alejamiento. El primero, fue mi amigo en la nueva escuela, y la amistad terminó por lo que bien podría llamar “conducta infantil”, aunque no se podía esperar otra cosa, éramos niños aún. Fue ahí que aprendí que si alguien te cuenta algo que no es verdad, una mentirijilla sin la intención de dañar  —una común exageración de lo propio, un superlativismo personal, un simple bluff—, hay que asentir y poner cara de sorpresa, hay que masticarla pero no tragarla, pero nunca, nunca jamás hacérsela ver a quien la dice o tratar de rebatírsela. Después de todo, ¿qué serían nuestras narraciones personales son la sal y la pimienta que les agregamos al contarlas? Pasó el tiempo y tampoco tuve una segunda oportunidad de recuperar a un amigo.

El segundo, fue en esa tercera década en progreso de mi vida, que comúnmente llamamos la veintena, ¿por qué y cómo? aún no me queda claro en su totalidad el por qué y eso que he repasado todos los hechos más de un millar de veces en mi mente, calculando todas las probabilidades y escenarios alternos. El cómo, pues de una manera poco grata. Tampoco acá hubo una segunda oportunidad para la amistad. Volvió a hablarme, y eso es más de lo que esperaba recibir y estoy agradecido por eso; se me hace, sin embargo, inevitable pensar y preguntarme ¿y si me hubiese dado una segunda oportunidad de amistad?, y simplemente no tengo una respuesta.

Y entonces una sombra pasa frente a mi ventana y veo que ya casi amaneció, que han sido tocadas ya 38 canciones del mismo tipo británico, y me dispongo a dejarlo todo para dormir un momento y mientras hago esto pienso: ¿en lo que me falta de vida, cuántas segundas oportunidades más me serán negadas?, y prefiero pensar que esas segundas veces no serán necesarias porque la primera nunca se acabará. La obscuridad me envuelve y la voz del James Blunt empieza desvanecerse lentamente en los segundos que  quedan de madrugada diciendo una y otra vez: “… into the dark.”.

 

Thursday, May 10, 2007


El jueves 26 cumplí 25 años, nunca creí que pudiera pasar de esta edad y seguir siendo el mismo. Se supone que cuando cumples 7 años ya eres un niño grande, empiezas la primaria, y dejas de ser el bebe que va al jardín de infantes.

Luego cumples 12 años, y ya no eres un niño, o al menos no para ti. Sí, para tus padres, pero para ti, ya eres un hombrecito, sí, y nadie puede discutir eso, pues aun tu cuerpo colabora en darte la razón con pruebas más que tangibles. Pero aún no eres adulto, y los adultos dan por llamarte de muchas maneras:

­ Cuando quieren que obedezcas, te dicen que eres un niño aún;

­ Cuando quieren que asumas tu responsabilidad, te dicen que ya eres un hombre;

­ Cuando quiere hablar de los cambios de tu cuerpo, te dicen que eres un púber o un puberto;

­ Cuando quieren hablar de tu comportamiento, dicen que eres un adolescente (Que adolece de serios conflictos en la formación de su personalidad);

­ Cuando preguntas la razón de los problemas en la familia, te llaman entrometido, y encima dicen que eres incapaz de comprender lo que sucede;

­ Cuando muestra interés por tu sexualidad o la de los otros, te llaman sucio, inmoral, pervertido, degenerado. No comprenden que lo único que quieres, son las mismas respuestas que ellos quisieron y no tuvieron.

­ Cuando dices que no puedes, no por falta de capacidad, sino de experiencia y conocimiento, dicen que eres un inútil, un incapaz, que no sirves para nada.

­ Cuando dices que te gustaría que el mundo fuera diferente, te piden que sigas soñando mientras a tus espaldas te llaman tonto, iluso, soñador sin futuro.

­ Cuando buscas soledad, bendita soledad que tantas veces necesitamos a esa edad, te llaman antisocial, aislado, tímido.

­ Cuando todo el día quieres andar con tus amigos, que sean parte de tu vida y tú parte de la suya, te llaman alejado, retraído de la familia.

­ Cuando hablas como adulto, eres un igualado.

­ Cuando no quieres hacerlo, eres un pobre y tonto niñato.

­ Cuando vistes diferente, cambias tu peinado o aspecto, eres raro.

­ Cuando actúas según tu interés en la vida, (música, ciencia, literatura, cine, teatro) dicen que eres extraño.

­ Cuando quieres tomar las primeras decisiones en tu vida sin el consentimiento de tus padres, eres un rebelde. (Lástima que ellos han olvidado que también un día lo fueron; también las aves, después de que sus padres les enseñan a volar, empiezan a hacer excursiones sin ellos)

Podría continuar con la lista pero es tan larga, que sería de nunca acabar.

Luego cumples 18 años, y casi todo lo anterior desaparece, ese día es mágico, tus padres y la ley están de acuerdo que todos los términos anteriores que usaban contigo ya no son necesarios, porque ahora eres un adulto. Uno más del clan, uno más de la manada. Y si eres alguien normal como yo, entiendes que tu vida anterior a este día parecía difícil, pero en realidad no lo era. Porque entonces, todo aquello por lo que no te preocupabas, es ahora parte de tu vida. Antes solo pedías y te daban, quizás costaba un poco pero te daban. Ahora tienes que ganártelo, ahora comprendes lo que cuesta la vida, es dura y difícil.

¿Quieres algo? Trabaja por ello.

Tienes que acoplarte lo más rápido posible, para encajar en el nuevo mundo de los adultos y aprender a mantener el equilibrio sin ahogarte.

Uno dos años después, ya eres un hombre joven al que pocas veces te cuestionan, aunque los adultos mayores siempre estarán intentando demostrar que son más capaces que tú, aquí queda muy bien un consejo que es mas bien una orden necesaria.

¡Se astuto!, ¡Se diplomático!, Aprende lo que puedas, desaprende lo que te impida ir adelante, cuestiónate y resuélvete antes de cuestionar y resolver a los demás.

Entonces vienes los 25 años, cuando se supone ya serás un hombre joven maduro, una madurez que se supone, debes aprender, aunque nadie te dice donde o cuando hacerlo.

Quizá dentro de algunos años, cuando cumpla 50, esté escribiendo la segunda parte de este análisis.

Mientras, quiero dejarlos con la letra de una canción de Janis Joplin, que me gustó desde que la oí por primera vez, hace dos años.

Kozmic Blue

Time keeps movin' on,
Friends they turn away.
I keep movin' on
But I never found out why
I keep pushing so hard the dream,
I keep tryin' to make it right
Through another lonely day, whoaa.

Dawn has come at last,
Twenty-five years, honey just in one night, oh yeah.
Well, I'm twenty-five years older now
So I know we can't be right
And I'm no better, baby,
And I can't help you no more
Than I did when just a girl.

Aww, but it don't make no difference, baby, no, no,
And I know that I could always try.
It don't make no difference, baby, yeah,
I better hold it now,
I better need it, yeah,
I better use it till the day I die, whoa.

Don't expect any answers, dear,
For I know that they don't come with age, no, no.
Well, ain't never gonna love you any better, babe.
And I'm never gonna love you right,
So you'd better take it now, right now.

Oh! But it don't make no difference, babe, hey,
And I know that I could always try.
There's a fire inside everyone of us,
You'd better need it now,
I got to hold it, yeah,
I better use it till the day I die.

Don't make no difference, babe, no, no, no,
And it never ever will, hey,
I wanna talk about a little bit of loving, yeah,
I got to hold it, baby,
I'm gonna need it now,
I'm gonna use it, say, aaaah,

Don't make no difference, babe, yeah,
Ah honey, I'd hate to be the one.
I said you're gonna live your life
And you're gonna love your life
Or babe, someday you're gonna have to cry.
Yes indeed, yes indeed, yes indeed,
Ah, baby, yes indeed.

I said you, you're always gonna hurt me,
I said you're always gonna let me down,
I said everywhere, every day, every day
And every way, every way.
Ah honey won't you hold on to what's gonna move.
I said it's gonna disappear when you turn your back.
I said you know it ain't gonna be there
When you wanna reach out and grab on.

Whoa babe,
Whoa babe,
Whoa babe,
Oh but keep truckin' on.
Whoa yeah,
Whoa yeah,
Whoa yeah,
Whoa,
Whoa,
Whoa,
Whoa,
Whoa ...